Para ejercer cualquier virtud es necesario poner atención en la vida, lo que Gurdjieff llamó el «recuerdo de sí», porque ¿cómo podríamos ejercer desde dentro hacia fuera nuestra Consciencia si nosotros mismos no estamos siendo conscientes de Ella?

A partir del momento en que uno es auto-consciente, reconoce el mundo como Maya. Esa consciencia de que todo es ilusión, de que todo es apariencia, si es vivida realmente, nos conduce, inexorablemente, al hecho de que todo lo que vemos y de que todo lo que percibimos es falso.

No queremos decir con ello de que no hay gente «mala», pero debemos comprender que eso es un convencionalismo que utilizamos porque no sabemos expresarnos mejor.

Una persona es «mala» porque en ella prevalecen valores temporales no comprendidos y porque, básicamente, todavía vibra en una «frecuencia» que le impide acordarse de si misma y, por lo tanto, manifestar su Ser Esencial. Dicho de otra manera, tiene su atención dirigida únicamente hacia una dirección: la exterior.

Nosotros somos un Mago que tiene ante sí su mesa de operaciones. Sobre ella se encuentran reposados los cuatro elementos que él, como quinto, debe elegir sabiamente para configurar y crear la «realidad» que vive o, mejor dicho, que ha elegido.

Otra cosa es el hecho innegable de que existan otros magos (con minúsculas) a nuestro alrededor que están creando su realidad de forma todavía muy tosca.

Pero si estas personas están «en el tablero de nuestra vida» es por algo y nos cabe a nosotros aprender lo que nos tienen que enseñar.

No podemos seguir queriendo alcanzar altas cumbres espirituales sin estar dispuestos a superar cosas como piedras, animales salvajes o la misma gravedad.

Adoum decía que el mal es nuestra atención dirigida únicamente hacia el exterior.

El Maestro de los Maestros dijo cierta vez: “No reforcéis al Mal”.

Hacia donde dirigimos nuestra “atención”, lo que observamos es vivificado.

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