Fragmento del libro Magia Blanca y Magia Negra

Capítulo I — El Ideal

Franz Hartmann

Nada hay superior a la verdad; y por lo tanto, la adquisición de la verdad debe ser el supremo ideal del hombre. El supremo ideal en el universo debe ser un ideal universal.


La constitución humana obedece a una ley universal y el supremo ideal ha de ser el mismo para todos y asequible a todos, por lo que todos han de esforzarse unidamente en su logro. Mientras el alma humana no eche de ver el supremo ideal del universo, considerará como su más elevado ideal el mayor que sea capaz de reconocer; pero en tanto haya otro que le supere, se verá inconstantemente atraído por él, a no ser que con obstinada persistencia repugne su atracción.
Tan sólo el logro del supremo ideal en el universo puede darnos eterna y permanente felicidad, porque una vez logrado, nada nos cabrá ya desear. Mientras haya un ideal más elevado para el hombre, sentirá la aspiración de lograrlo, y una vez logrado el superior, cesa toda atracción, se identifica con él y nada más le es posible desear. Debe haber un estado de perfección que todos podemos alcanzar y más allá del cual no quepa progreso alguno hasta que el universo en conjunto progrese más allá de él. Todo hombre tiene el mismo derecho a lograr lo superior; pero no todos tenemos desarrollada la misma potencia, y así algunos lo alcanzan pronto, otros se arrastran por el camino y la mayoría tal vez caen y han de empezar de nuevo al pie mismo de la escala. Toda bellota que del roble se desprende madura tiene la inherente potencia de convertirse en roble aunque no todas hallan las mismas condiciones de medro. Algunas germinan, otras crecen hasta ser árboles; pero la mayoría se pudren y con su descomposición proporcionan materia a nuevas formas.
El hombre mortal no conoce la plenitud de la verdad suprema. Quienes alcanzaron el estado de perfecta conciencia de la verdad infinita no están presos en una forma ilimitada, sino que pertenecen a una hueste arrúpica, pues no podrían identificarse con el universal principio si estuvieran atados con las cadenas de la personalidad. Un alma explayada hasta el punto de no caber ya en la cárcel de carne, no necesitará más de esta cárcel. La carne y la sangre sólo sirven para guarecer al espíritu en la infancia de su evolución hasta que llegue a la plenitud de su poder. Los “vestidos de piel” fueron necesarios para proteger al espíritu contra las destructoras influencias elementarias de la maligna esfera, mientras no pueda sobreponerse al mal. Una vez conocido el mal y logrado el poder de subyugarlo y habiendo por el reconocimiento de la verdad “comido del árbol de vida y alcanzado substancialidad” ya es capaz de protegerse por su propio poder y no necesita más vestiduras de carne.
El hombre imperfectamente evolucionado, a no ser que haya caído en la abyección, presiente intuitivamente la verdad, aunque no la conozca por percepción directa. Los positivistas, que tan sólo razonan movidos por las percepciones sensorias, están distanciadísimos del reconocimiento de la verdad, porque confunden con lo real las ilusiones producidas por sus sentidos y repugnan las revelaciones de su propio espíritu. El filósofo incapaz de ver la verdad, intenta alcanzarla con apoyo de la lógica y puede acercarse más o menos a ella. Pero aquel en quien la verdad es plenamente consciente conoce la verdad porque se ha identificado con ella. Tal estado es incomprensible para la mayoría de los hombres, así sean científicos y filósofos como ignorantes; y sin embargo, hubo y hay hombres que lo alcanzaron. Son los verdaderos teósofos, pues no es teósofo todo el que estudia teosofía, como no todos los cristianos son Cristos. Pero un verdadero teósofo y un verdadero cristiano se equivalen mutuamente, porque ambos son formas humanas en que se manifiesta la universal alma espiritual, el Cristo, a la luz de la Sabiduría divina.
Las denominaciones de cristiano y teósofo, como muchas análogas, han perdido casi del todo su verdadero significado. Hoy día se llama cristiano al que está inscrito en el registro bautismal de alguna Iglesia cristiana y practica las ceremonias prescritas por su respectiva confesión religiosa, mientras que al teósofo se le tiene por soñador y visionario.

Pero un verdadero cristiano es algo por completo diferente del que lo es sólo en apariencia. Los primeros cristianos formaban una sociedad secreta, una escuela de ocultistas, que adoptaron ciertos símbolos y signos para representar las verdades espirituales y comunicarse unos con otros.

Un verdadero teósofo no es un soñador, sino un hombre excelentemente práctico cuya pureza de vida le faculta para percibir verdades más elevadas que las percibidas por la generalidad de las gentes, y comprende cuanto ve porque tiene espiritual poder alcanzado por virtud de más de una vida de abnegación en sucesivas encarnaciones.
Como quiera que la verdad fundamental de la vida sólo es una, los hombres de todos los países en quienes la verdad ha llegado a ser consciente, tienen la misma percepción. Esto explica por qué son idénticas las revelaciones de los sabios que alcanzaron el mismo grado de poder. Las verdades reveladas por Jacobo Boehme, Eckhart o Paracelso, en Alemania, son esencialmente las mismas que las reveladas por los adeptos tibetanos, con la sola diferencia de sus términos y modos de expresión. Un verdadero santo cristiano de Inglaterra o Francia dirá lo mismo que un brahmin de la India o un sabio piel roja de América, porque los tres, en igual estado de clarividencia, verán exactamente lo mismo. La verdad está visible para todos los que sean capaces de percibirla; pero cada uno describirá lo que vea según su modo de pensar y en su propia manera de expresión. Si, como creen los ignorantes, las visiones de los santos, lamas, sanyássis y derviches fueran alucinaciones y fantasías, no habría dos de aquellos que, sin saber nada uno de otro, tuviesen la misma visión. Un árbol siempre es un árbol para los capaces de verlo; y si tienen la vista clara, ninguna opinión preconcebida puede transmutarlo en una ostra. Una verdad se percibe como tal verdad por cuantos sean capaces de percibirla, y ningún prejuicio podrá alterarla o variarla en mentira. Conocer la verdad entera es conocer todo cuanto existe; amar la verdad sobre todas las cosas es unirse con todas las cosas; expresar la verdad en su plenitud es tener poder universal; estar unido con la verdad inmortal es ser inmortal.
La percepción de la verdad depende del sosiego del ánimo. Mientras el ánimo no despierte al reconocimiento de la verdad, sólo podrá soñar en ella como en algo existente en otro mundo. El sonido de la voz de la verdad no puede penetrar a través del ruido causado por las tormentas del corazón; su luz no puede rasgar las nubes de las falsas teorías ni el humo de las opiniones aposentadas en el cerebro. Para comprender esta voz y mirar esta luz claramente y sin mezcla extraña, el corazón y el cerebro deben estar en sosiego. Para percibir la verdad, deben hermanarse la pureza de corazón y el dominio propio, y por esto se nos enseña que los hombres han de volverse tan ingenuos como niños y tan fuertes como leones, antes de entrar en la esfera de la verdad. El corazón y el cerebro unidos son Uno; pero en oposición, forman el absurdo Dos que produce ilusiones.

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