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Voluptuosidad y Templanza

Voluptuosidad y Templanza

Poderes o el Libro que Diviniza

Cap. XVIII — VOLUPTUOSIDAD Y TEMPLANZA

¡Campos del alma, campos de batalla,
de apetitos voraces y obsesiones!
La voluptuosidad de las pasiones
a reyes y monarcas avasalla.

Una pasión desenfrenada acalla,
cual tempestad, armónicas canciones
del ruiseñor, y a fuertes intenciones
en las arenas del placer encalla.

El cuerpo es barco sobre un mar furioso
que conduce al espíritu coloso
él flota, en tanto que es la barca hundida.

Es la ley de llamados y elegidos:
quien acalla el furor de los sentidos,
aplaca los furores de la vida.

 

CAPITULO XVIII
VOLUPTUOSIDAD Y TEMPLANZA

La voluptuosidad es el florecer de un deseo, muy fragante pero embriagador.
La voluptuosidad es el vino del Espíritu muy exquisito pero enervador.
El Espíritu es el monarca del cuerpo y de los sentidos. La voluptuosidad es la rebelión de los súbditos contra el monarca.
La voluptuosidad es la vid cuyos racimos son alimentos, pero en el jugo fermentado de los racimos hay la alegría y el dolor; tomar poco de su jugo es alegrarse e inspirarse, tomar mucho es embriagarse y aniquilarse.
La templanza es la copa llena de placer; la voluptuosidad es la misma copa, pero llena dos veces: la plenitud la toma una sola vez, la juventud repite el brindis. El placer de la templanza acompaña al hombre hasta el fin de la vida; pero el de la voluptuosidad le abandona en la misma juventud.
La voluptuosidad es una reina que colecta esclavos, la templanza es una madre que vela por sus hijos.
En la primavera de la vida, la voluptuosidad es la mano de la vejez, mientras que el gozo en la juventud es el manantial de energía en la ancianidad.
El gozo es el esplendor de las estrellas en el cielo, la voluptuosidad es la nube que oculta al sol en los días fríos.
La sombra de la voluptuosidad es el remordimiento, la luz del gozo es la satisfacción.
La cosecha del placer incontenido es la degeneración y el fruto del placer, bien dirigido, es el gusto.
No somos partidarios de la privación, porque ésta almacena deseos y al mismo tiempo los calienta hasta la ebullición, más cuando el vapor no encuentra una salida puede causar el estallido del recipiente.
El cuerpo pide lo que necesita; la mente aglomera lo superfluo.

El sabio no busca el gozo porque sabe que éste le espera en el camino: el ignorante busca la voluptuosidad como guia en el camino del vivir.

El gozo camina entre los hombres, la voluptuosidad los arrastra.
La voluptuosidad es el huracán que enfurece las olas del mar; la templanza es la sonrisa de la calma y de la bonanza.
El gozo es la herencia que otorga Dios a sus hijos, la voluptuosidad es el placer que mucho promete y sus promesas son espejismos en el desierto.
La voluptuosidad estraga los apetitos de sus víctimas que ya no les agrada más que los pútridos manjares.
¿Quién es aquella hermosa virgen, cuya frescura excede al lirio del campo, su sonrisa más deleitosa que una rosa recién abierta; sus besos más dulces que la esperanza; de sus labios emanan el aliento más fragante que los aromas de la Arabia; la rosa envidia el color de sus mejillas; la brisa envidia el perfume de su aliento; el júbilo danza en sus miradas y sus pasos siguen el ritmo alegre de su corazón?
Es la salud hija del gozo y la templanza; el vigor mora en sus entrañas, el poder en su cerebro y la dicha en todo su ser.
El ayuno abre su apetito, la moderación la alimenta de felicidad, la parquedad perpetúa sus placeres.
Si los ojos son los vigilantes del hombre, ¿por qué no distinguen entre lo bueno y lo malo, entre lo normal y lo anormal?
Si el estómago es una medida exacta para un peso limitado, ¿por qué quiere devorar todo lo que abarca la vista?
Si el juicio y la razón están en el cerebro, ¿por qué consultar al estómago y a los sentidos?
¿De qué sirve al hombre la mirada del águila si sólo busca el cadáver putrefacto por alimento?
Este es el Hombre Microcosmos; semeja a una ciudad simétricamente construida, cuyas bases bien cimentadas, sus muros bien nivelados, sus calles bien trazadas, sus casas repletas de habitantes, sus canalizaciones perfectas, sus comerciantes, industriales y obreros trabajan alternándose día y noche.
Esta ciudad tiene un rey director y el rey tiene su ministro, su administrador de correos, sus noticieros, un cajero, un intérprete y un escribiente; en esta ciudad hay buenos y malos.
Siete son sus obreros: la atracción, la adhesión, la digestión, la repulsión, el crecimiento, el alimento y la retentiva.
El rey es la Ley natural, su trono está en el corazón; el ministro es la razón y reside en el cerebro; el administrador de correos es el poder visualizador y reside en el cerebro frontal; los noticieros son los cinco sentidos; el cajero es la memoria en el cerebro; el intérprete es la lengua y el escribiente es la mano.
Si el rey es bueno y justo, será la sombra de Dios en la tierra; cuando la razón es correcta tienen que obedecerla to dos los poderes del alma.
Así como en el mundo hay buenos y malos, así en el hombre se hallan fuerzas buenas y malas, como la pasión, la ambición, la envidia, el egoísmo, etc…. que se rebelan contra la razón y contra la ley del corazón; entonces el rey debe imponer su voluntad y dominar a los rebeldes.
El ministro es el razonamiento que debe obedecer al rey para combatir a los enemigos: pasiones y anhelos exagerados y pacificarlos hasta formar de ellos un ejército útil a la nación, mas nunca debe fiarse de ellos y si vuelven a la rebelión hay que eliminarlos o alejarlos.
Las malas fuerzas en el hombre son ídolos y el alma siempre tiende a adorarlos.
Así como el rey debe ordenar la limpieza de la ciudad, corregir a los defectuosos, domar a los malos, ilustrar a los ignorantes y administrar la justicia entre sus súbditos, así el hombre debe limpiar a su ciudad-cuerpo, corregir sus defectos, domar sus malos instintos, ilustrar a las células ignorantes y administrar una justicia perfecta entre sus necesidades y ambiciones.
El ayuno es la mejor escoba para la limpieza; la privación es el mejor corregidor de los defectos; la abstención domina a los malos instintos; el silencio y la meditación ilustran y por último la templanza es la más perfecta justicia para satisfacer a los anhelos y deseos.

LA CLAVE DEL PODER
El hombre es dual: espíritu y materia o alma y cuerpo. Las religiones enseñan como debe el hombre salvar al alma; la Religión de la Verdad enseñó como manejar el cuerpo.
Todo deseo voluptuoso satisfecho, debilita el dominio del Espíritu sobre el cuerpo y la privación voluntaria es la llave que abre la puerta al Espíritu Interno para manifestar, su Luz.
Es bueno comer pero es mejor asimilar; es bueno poseer cosas buenas pero es mejor conocer su utilidad.
Poder deleitarse y reprimirse es entrar al reino del Poder.
Castidad no significa abstinencia, ayuno no es morir de hambre. La templanza es el equilibrio entre los dos contrarios.
El hombre que practica la clave de la templanza será fuente de consuelo para los afligidos y el mejor consejero para los perplejos.

Poderes o El Libro que Diviniza, Jorge Adoum. Editorial Kier, Buenos Aires, Argentina.

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